Reseña: Últimos testigos

Últimos testigos
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«¿Qué es mejor: recordar u olvidar?»
«Repaso los recuerdos de la guerra para comprender. 
Si no, ¿para qué sirven los recuerdos?»

Qué difícil es hablar de Últimos testigos y más aún, pretender escribir una reseña. Podría intentar desmenuzar los diferentes aspectos de esta historia, podría intentar juzgarlo bajo los mismos estándares con el que reseño otros libros, pero quedaría en el intento y no haría justicia a los muchos testimonios que alberga entre sus páginas. Quienes me conocen saben lo mucho que me atraen las novelas ambientadas en la II Guerra Mundial: me parece un escenario rico en complejidad, tanto por los hechos históricos como por la influencia en los personajes. Pero hoy no quiero dedicar estas líneas a hablar sobre una novela de ficción, sino todo lo contrario. Últimos testigos es la historia de cien niños que sobrevivieron la guerra que hoy, adultos o ancianos, buscan traer aquellos recuerdos a la memoria para que queden inmortalizadas en el papel. Svetlana Alexiévich - premio Nobel de Literatura 2015 - entrevistó a todos y cada uno de ellos para recoger sus memorias, para conocer una más de las muchas caras que tiene un enfrentamiento bélico: aquella que vivieron los más pequeños, miles de niños que de la noche a la mañana quedaron huérfanos, cientos que se vieron obligados a ser testigos de la matanza de sus propios padres, hermanos, amigos. Niños que crecieron entre bombardeos; niños que no sabían qué era una guerra, pero la conocieron viviéndola en carne propia. Cada testimonio es único, diferente, con la intensidad de los recuerdos de una infancia que no pudieron vivir y con las secuelas que tendrán que cargar durante toda una vida.

Vi cosas que no se deben ver… Cosas que un ser humano no debe ver. Y las vi siendo niño

¿Qué tiene de especial Últimos testigos, más allá de ser una compilación de testimonios? En lo personal, antes de este libro había leído muy pocas novelas ambientadas en Europa Oriental. Es más, me atrevería a decir que solo una o dos me vienen a la memoria y tener en mis manos un vivo retrato de Bielorrusia definitivamente era una oportunidad que no podía dejar pasar. En 1945 el país contaba con aproximadamente veintisiete mil niños huérfanos, niños con nombres y apellidos que se vieron obligados a crecer para sobrevivir. Alexiévich reúne en este volumen cada uno de esos recuerdos, cada anécdota que han querido contara al mundo: la historia es de los supervivientes, la pluma es de la escritora. Respetando las pausas y el estilo narrativo, Últimos testigos es un libro que llega a conmover al lector a través de pasajes de horror y sufrimiento, pero también con momentos de compasión y esperanza. Hay rencor, hay resentimiento, pero también optimismo, perdón y sueños por cumplir. Muchas veces se observa el contraste entre un antes y un después, de pasar de tener un hogar a vivir con un vacío o sensación de culpa.

¿Eso es todo? ¿Todo lo que ha quedado de aquella pesadilla? Solo unas cuantas docenas de palabras…

Los Aliados, el Eje, Hitler, nazis, judíos y los campos de concentración. Mucho se ha hablado de ello a lo largo de crónicas, novelas y ensayos y son los temas que más suelen aparecer cuando se habla de la Segunda Guerra Mundial. Pero Alexiévich busca ir aún más allá, busca retratar el sentir de las personas comunes, de comprender cómo se vive un hecho de tal magnitud a través de los ojos inocentes de los niños. La Guerra se libró en el campo de batalla, sí, pero no sólo con armas de fuego y estrategias militares. Las grandes y pequeñas ciudades, los pueblos alejados y rurales también fueron parte del conflicto y muchas veces es reducido a un segundo plano. Mujeres y niños libraron su propia guerra, lucharon por sus ideales y por su supervivencia. 

Lo cierto es que nada puedo decir que no se haya dicho antes del magnífico labor de Alexiévich al buscar reconstruir memorias y transmitirlas al lector de la mejor manera posible. Últimos testigos es un libro intenso, un retrato muy humano del peso de los recuerdos, pero también un homenaje a aquellos que han sido olvidados, pero que no dejan de ser importantes en la historia. Vale la pena tomarse un tiempo para leerlo, para sentir cada una de sus páginas. Tanto este libro como La guerra no tiene rostro de mujer (que he empezado hace poco) merecen ser leídos al menos una vez en la vida.


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CRISTINA RAMÍREZ
Lectora a tiempo completo y psicóloga en proceso. Adoro el invierno, el café y las historias capaces de llegar al corazón. Ah, y los gatos también.

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